COSAS DE LAS QUE NO SE PUEDE VOLVER

Hace años compartía con un grupo de jóvenes una charla en la que hablaba sobre lo cuesta arriba que se volvía la vida cuando transitabas por ella cometiendo errores y viviéndola irresponsablemente, sin pensar en el futuro, sin fe y sin moral.
No era un discurso precalentado, de esos de microondas que se dictan por allí, vendidos por algunos charlatanes como la respuesta mágica a todos los problema de la existencia.
Era un discurso salido de lo profundo de mi corazón. Gestado en las entrañas del dolor y las consecuencias de haber vivido en el extremo de los límites. En el extremo más audaz del libertinaje y la inconsciencia juvenil. Era un diálogo desde el corazón y para el corazón de aquellos jóvenes que atentos escuchaban las vicisitudes de su interlocutor que apasionadamente les contaba cómo había tenido que pisar los dolorosos terrenos de la soledad, la depresión, el remordimiento, el cargo de conciencia, la angustia, la ansiedad y el suicidio.
Todo parecía ir bien en la charla, los ojos del auditorio mostraban interés y se los podía sentir tan identificados y agradecidos por los consejos de este caminante que nos fuimos de ahí con la satisfacción del deber cumplido.
Había abierto mi corazón, expuse mis profundos dolores y vergüenzas, pensé que tenía la autoridad moral para hablar del tema y el conocimiento de causa para poder sugerir a esas mentes jóvenes sobre los riesgos que implicaba vivir la vida como si hoy fuera tu último día.
Yo era de los que había tropezado con la misma piedra docenas de veces, de los que había jurado nunca más hacerlo, de los que había tocado fondo no una, sino varias veces. Mis malas decisiones me habían llevado a perder de mi vida a las personas mas importantes; que nunca, ni ahora pude recuperar del todo. Perdido las oportunidades más grandiosas por la cuales había soñado tener noches enteras y ver desperdiciados mis talentos y de seguro los mejores años de mi vida.
Así que nadie podía decirme que no sabía de lo que hablaba.
La frase máxima que usé fue ‘hay cosas de las cuales no se puede volver atrás’.
Narrada en ese contexto la frase era abrumadora, ponía en perspectiva tu vida y te confrontaba con el hecho de que no se puede volver en el tiempo. Que las cosas que haces te marcan, que literalmente no se puede volver a ser el mismo. Las cosas que haces te cambian, te moldean, te construyen en bien o en mal. Les decía que se cuiden de hacer cosas de las cuales no puedan volver atrás a pesar de lo mucho que supliquen, lloren, rueguen, oren y se arrepientan.
Intentaba, de cierta forma que aquellos jóvenes tuvieran miedo de lanzarse a los brazos del descontrol y el libertinaje sin pensar en su futuro o su vida.
Pensé que lo había experimentado todo, que sabía de lo que hablaba… y digo pensé… porque aún no había llegado aquel verano, aquel fatídico verano.
El verano en el que conocí la marca de mi vida, en el que descubrí el significado más profundo y verdadero de aquella frase.
Es verdad, hay cosas de las que no se puede volver atrás. Después de haber sobrevivido ese verano en el que la vida, Dios y yo mismo nos pusimos de acuerdo para probar por fuego mis convicciones y decisiones, puedo decir que no se nada de la vida.
Que lo que había vivido era insuficiente, limitado, egoísta y que no estaba en capacidad de sugerir o aconsejar. Después de ese verano aprendí el verdadero significado de Misericordia. Aprendí el valor de una noche de descanso, cuanto vale poder dormir en paz. Reconocí cuán feliz era. Valoré más a las personas. Descubrí que sigo siendo un niño débil, pero que no es malo serlo.
Después de ese verano entendí que la sinceridad y la humildad son las armas más poderosas que un hombre puede tener en sus manos. Me di cuenta que muchos de los que se hacen llamar líderes, son guías ciegos y que el amor trasciende, y es una de las convicciones más fuertes incluso que la fe.
Ese verano que me reconstruyó desde los cimientos. Me desnudó el alma y me despojó de todas las máscaras, todas las poses y las apariencias. Me dejó desarmado y vulnerable. Odié y amé cada día de ese verano y no recuerdo haber tenido en todo el transcurso de mi vida tiempos tan prolongados de insomnio, miedo, falta de fe, duda y amor como en ese verano.
¿Porque fue tan difícil sobrevivir ese verano?
Porque transgredí mi propia regla. No puedes esperar salir ileso cuando cuestionas tu naturaleza, cuando analizas profundamente tus motivaciones y reconoces tus debilidades. Muchos dirán, eso bueno que lo hayas hecho. Ya era hora o te felicito… Sin embargo volver la mirada al pasado para reconocer quien eres te puede mostrar cosas de ti mismo que no te gustan.
La reconstrucción personal siempre duele. Te cuesta, te incomoda… por eso no nos gusta enfrentar nuestros demonios.
Cuando vas a lo profundo dentro de ti mismo te das cuenta que tu verdadero yo está enterrado en cientos de capas de apariencias, miedos, traumas, máscaras y complejos. Que inclusive tus decisiones más razonadas fueron motivadas por sentimientos tan primitivos y egoístas. Allá abajo no hay espacio para hipocresía, debes ir dispuesto a encontrar los peores monstruos y enfrentarlos.
Muchos posponen este encuentro hasta el lecho de la muerte. Cuando están a punto de partir llega el momento del autoanálisis y la introspección, a otros les llega después de un accidente, de la pérdida de un ser querido, una enfermedad. Esa es la paradoja. A veces nos damos cuenta de que todo hicimos mal pero ya no hay tiempo para arreglarlo. Nos damos cuenta que es demasiado tarde.
Por lo pronto puedo decir que la llegada de ese verano y de las personas que con el vinieron a mi vida ha sido el punto de quiebre, marcaron un antes y un después que me hizo conocerme a mí mismo y descubrir que timones estaban dirigiendo mi vida.
Como reza la máxima. Hoy ya no puedo regresar atrás, por más que quiera hoy soy otra persona, más sincero, más humilde, pero también más consciente de mis debilidades, de mis traumas y de mis limitaciones. Ya no puedo volver a ocupar los mismos sitios donde me había sentado antes con mis máscaras y apariencias. Ya no puedo seguir representando el mismo papel.
Hoy identifico a los que como yo viven de apariencias y desempeñan un papel en la pantomima de sus vidas, pero ya no los juzgo; hoy solo los entiendo, tampoco quiero cambiarlos porque de seguro la vida y sus acciones mismas lo harán. Hoy solo deseo para ellos que el despertar no les duela tanto como a mi. Deseo que en su simulación no se hayan equivocado demasiado y que puedan volver lo más enteros posible.
Ya tienen sentido frases como: no se puede dar lo que no se tiene, todo lo que se siembra se cosecha y aun así se que la única y verdadera moraleja de este verano traidor es que la lección nunca está totalmente aprendida y toda la vida vamos a seguir aprendiendo.
Pero sobre todo hoy tiene más sentido que nunca aquella frase que le diría Dios a uno de sus más prominentes hijos, Pablo; cuando el le suplicaba que quitase de si aquella debilidad pecaminosa que le aquejaba.
state en mi gracia porque mi poder se perfecciona en tu debilidad. Tal vez sea eso todo lo que necesitamos saber. No doy crédito a las palabras de Dios, no del todo al menos. Parecería ser que el ser débiles, el tener cosas de las que avergonzarnos, máscaras y vergüenzas es lo que nos mantiene dependientes de El. De no ser así la autosuficiencia nos haría sus esclavos, no tendríamos referencias de moralidad y nunca nos arrepentiríamos de nada. Tal vez es el último recurso divino para no ser totalmente inconscientes y necios. La conciencia.
Por ahora quiero ser parte de los que callan, de los que escuchan, de los que aprenden. Por lo menos mientras me dure este estado de conciencia.

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