Ella
Ella era alguien con quien deseabas hablar, sabía escuchar y sus ojos demostraban con sinceridad lo que sucedía en su mente. Un abanico de mariposas revoloteando en sus neuronas, una cascada de preguntas, risas e historias.
Mientras hablabas con ella podías ver su rostro agitarse al ritmo de tus palabras, un vaivén de preguntas y respuestas.
Era de aquellas a las que no les puedes mentir, pero que tampoco saben como hacerlo.
Hablar con ella podía llevarse horas de tu vida y aun así terminaba faltando el tiempo.
Era de aquellas con las cuales no hay silencios incómodos, solo silencios. Aguas de sinceridad y abismos de paz. Solo silencio. De aquel que el alma necesita para reconstruirse.
Era inspiración, que se daba completa, que compartía y se entregaba. Pero sobre no pedía derechos de autor. Era generosidad pura.
El paso del tiempo no la alejaba, cada reencuentro parecía ser la continuación del encuentro anterior. Todo se quedaba congelado hasta volver a verla, las historias, las risas, los abrazos, los temas, las bromas.
Retomarnos era fácil, tan natural y necesario. No había barreras ni fachadas.
Claro que no era amor, aquello es muy simple. Ella era familiaridad y confianza, visión y paciencia sin juicio ni tiempo.
En nuestras conversaciones las definiciones iban y venían, el auto análisis no estaba ausente, tampoco las canciones de la adolescencia o las dedicatorias a amores pasados.
Hablamos de porqué es más fácil mirar la vida en perspectiva con una canción triste de fondo. Parece ser que escribir desde el alma es más sencillo cuando estás deprimido.
Las mejores historias nacen ahí!, diría ella.
La lluvia, una ventana, un café y un cuaderno de apuntes y garabatos podía ser el mejor escenario para deshacer los hilos de su alma en mil historias de pasiones y sinsabores. Pero quien tenía tiempo para eso, el sueño se desvanecía con el paso de los años. A ella solo le quedaba su mente y en su mente los sueños.
A veces buscaba definir al amor entre sus dibujos; una flor, un rostro, una sombra, un trazo tembloroso e incierto como el futuro.
Hablar con ella era sumergirse, abandonarse, ser tu mismo. Al menos por un instante. La crisis era su mejor amiga, habían caminado juntas tanto tiempo pero también lo era la sinceridad, la crueldad y la risa.
Te he contado todo era una frase común en sus tertulias, seguida de una sonrisa fugaz que pausaba el universo hasta el siguiente encuentro. Obviamente no lo decíamos todo, ¿quien lo hace?.
Pero lo sabíamos todo, allá, en ese sitio del alma en donde lo secreto se hace real más allá de un supuesto. Nos conocíamos, profunda y silenciosamente. Nos conocíamos en la eternidad, en la distancia, en el silencio y la paz.
Todo parecía tener sentido, de alguna manera nos necesitábamos y estábamos destinados a encontrarnos.
No sabíamos para que, pero a fin de cuentas de eso se trata la hermandad... De estar ahí... Simplemente estar ahí.
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