¿Y el amor que te ofrecí?

¿Y el amor que te ofrecí?
Me hago esa pregunta todo el tiempo, muchas más veces de las que tu me la haces. 

Más allá de ser un acto de desinterés y olvido, dejarte de amar a sido un despertar; un amanecer a la realidad. Como cuando la fuerza y claridad del sol entran por tu ventana una mañana de agosto y te es inevitable abrir los ojos... así te dejé de amar. 

Con la misma determinación de hace unos años, cuando mirarte a los ojos era todo lo que necesitaba para que la vida tuviera sentido. Cuando creía en ti y en mi; y en que estar juntos era suficiente para querer seguir adelante.
Dejarte de amar fue valorarme, ponerme en primer lugar...
Dejarte de amar fue regresar a ver a mi vida y entender que valgo lo mismo contigo que sin ti.
Te dejé de amar con la misma convicción con la que te di el primer beso...

- ¿Como es posible eso?
- No lo se
- puedo cambiar
- No se trata de cambiar... 

El amor es una planta caprichosa y egoísta. La riegas demasiado y se ahoga. Dejas que crezca libre y lo más probable es que se escape. Le das atención y tiempo y aún así puede morir.
Es casi indescifrable y al parecer no es eterna. Está mutando y cambiando todo el tiempo. Es temperamental e impulsiva.

Pero quien podría decir que puede vivir sin plantas de amor en su jardín del corazón.
Se puede acabar el amor... ¿Quien sabe.?

Probablemente si, al menos aquel amor que nos han vendido las novelas de televisión, las películas y los reality shows. Aquel amor fugaz de los comerciales, tan apasionado pero tan reemplazable.

Esa versión de amor nace y muere cada día. Entre tazas de café, sábanas de hotel y cajas de chocolate. Tan cotizado como si fuera sincero, tan anhelado como si fuera para siempre. No es mas que un engaño al alma, un sedante a la conciencia, un disparo al corazón.
Viene envuelto en lujoso papel de regalo, adornado con cartas llenas de románticas palabras, aromas pegajosos que se impregnan en tu ropa y las más inverosímiles promesas que nadie en sus cinco sentidos podría hacer.

Ese amor que colecciona muertos y heridos. Es un coleccionista de corazones solitarios, recuerdos, dolores, mentiras, susurros, miradas tímidas, besos secretos, promesas incumplidas, abrazos no entregados, horas de espera, momentos robados. Ese amor es un sádico.

El amor que te ofrecí fue un pecado, un errar al blanco, una auto indulgencia, una lástima. Un despojo que no merecías porque eras demasiado perfecta, simple, elegante, sincera... terca, ingenua, inexperta. 
¿Y el amor que te ofrecí? me hago esa pregunta todo el tiempo.

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