No me vuelvo a enamorar

Prometí no enamorarme, al menos no de la manera que me enseñaron.
Para darles un poco de contexto debo decir que soy de la generación cupido - nativa.
Yo nací cuando Michael Jackson aún bailaba en vivo, cuando los Backstreet Boys no tenían tantas arrugas.

Pero sobre todo nací cuando Thalia nos hizo creer (con cuatro novelas iguales) que si eras pobre, recogedor de basura y huérfano era porque probablemente tu padre era un multimillonario que tuvo que dejarte siendo solo un bebé, pero que tarde o temprano la "vida" te devolvería lo que te pertenece y ocuparías el lugar que te corresponde casandote con la soltera más codiciada y por supuesto más millonaria que tu.

Naci cuando Alejandro Sanz decía que los dos cogidos de la mano por las calles íbamos regalandonos mil besos en cada rincón...

Cuando Franco de Vita decía que por este amor en contra corriente, por este amor que nadie entiende; que a veces no conoce fronteras y se desboca de mala manera. Que me arrastra como el agua del río entre cálido y frío... Pero que era tuyo y mío, claro como la noche de luna llena, pero que vale la pena...

Y bueno, con todo este contexto crecí formando en mi mente la idílica idea que en algún otro lugar del mundo estaría mi amada mirando la misma estrella imaginando el momento y lugar en el que se encontraría conmigo. Pensando como me sonreiría, como me miraría pero sobre todo manteniéndose alerta para no dejarme pasar de largo, para no dejarme ir y perder al amor de su vida. Nos estaríamos esperando, sutilmente buscándonos, intentando estar allí.

No estábamos solos, nos teníamos el uno al otro, inclusive sin conocernos. Teníamos un vínculo sobrenatural, sabíamos que eramos el uno para el otro, que de seguro nos molestaríamos por algo pero que lo arreglaríamos al pie de una cálida chimenea sobre una alfombra que nos brindaría su cobijo para hacer el amor.
Cuantas noches la tuve a mi lado mientras una canción sonaba de fondo y nuestras miradas se cruzaban justo antes de quedarnos dormidos.

No iba a ceder mi amor ante nada menos que eso, ella tampoco se conformaría con cualquier pretendiente que le ofreciera migajas de amor. Eso fue lo que nos prometimos mirándonos a los ojos a través de esa estrella en el infinito.

Había querido sumergirme en sus rizos, aspirar su aroma y quedarme allí para siempre. Esa era mi promesa.

Sin embargo la vida misma se encargaría de deshacer cada promesa y transformarla en dolor, soledad, desamor, un lugar vacío, unos labios sin besos y miles de abrazos que jamás darían.

Con el pasar del tiempo decidí no enamorarme. O mejor dicho desencantarme de aquellos sueños románticos, tragarme los versos, disolver los abrazos, borrar las canciones, romper los dibujos y enterrar los sueños de amor.

Esque, ¿que corazón podría resistir tanto? El mundo se encargó de burlarse de mi romántico corazón. No porque las mujeres se hayan empecinado en rompérmelo, sino más bien porque la dinámica corrupta de esta sociedad me obligó a matar mis sentimientos. Me presionó para ser superficial, fácil y conformista. Me adoctrinó para cosificar a la mujer que tanto había anhelado y tornarla en solo un objeto desechable.

Así terminó mi historia de amor, en malas decisiones; canciones nunca interpretadas, serenatas sin balcones ni guitarras, papeles sin manchones ni borrones, lápices que nunca dibujaron y palabras que jamás endulzaron sus oídos.

Terminamos antes de empezar porque jamás nos encontramos. Ella me cambió por uno que no me llega ni a los talones y yo por supuesto le entregué las migajas que me quedaban a un jarrón vacío.

Ahora decidí no amar porque no quiero fallar, porque miro cuán difícil será encontrarnos. Porque al paso de esta vida superficial y vertiginosa podría ser cualquiera pero ya no es ella, aquella; la especial, la sobrenatural.

Dejé de amar la espera y me aventuré a creerle al azar, lancé los dados con los ojos vendados.

Hoy más que nunca anhelo los abrazos, los besos, los propósito y las risas que nunca sucedieron. Dicen que es difícil dejar algo a lo que estás acostumbrado a tener pero, yo digo, no hay nada más dicil que dejar ir aquello que anhelaste toda la vida y que nunca llegó.

Hoy soy más sobrio, más crudo, más sincero.
No hago promesas, no pago las cenas, no les doy un beso en el pórtico de su casa y tampoco le pongo su nombre a cada pétalo de una rosa.

Ya no creo en ese amor noventero que te quitaba el aliento. Nos dañamos sin saberlo y nos perdimos de lo mejor de nuestra vida.

Ahora entiendo la lógica: sed pues como niños! La inocencia y la simplicidad de un corazón limpio es lo único que te garantiza encontrar el amor. No la experiencia ni la práctica, sino la inocencia de corazón.

Un corazón que ama con inocencia.

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